En un camino perdido de la ciudad, y en el barrio La Paz, en Ibagué,  se encuentra en medio de jardines, quizás el único museo con piscina disponible para sus visitantes, y en él, el reflejo de un sueño, el sueño del hombre que creció en ese barrio, el mismo que se formó en Antioquia y en México, y regresó a Ibagué para acercar la cultura a quienes considera más lo necesitan. El maestro de escultura Israel Rozo, propietario y fundador del Museo Rozo, de artes plásticas.

En octubre de 2016, el Museo dejó de ser un sueño y se convirtió en realidad -como el mismo lo señala-, encontró el espacio, y decidió hacer una construcción de 500 mts cuadrados donde las personas de los barrios populares se sintieran aceptadas, invitadas e invadidas por la cultura. La construcción diseñada para evitar las columnas y disponer un espacio digno de cualquier museo público del mundo, permite caminar y deleitarse por sus pasillos.

Llegar al lugar es toda una aventura donde cada vez se torna más raro imaginarse que incrustado en medio de las cuadras y los barrios, se va a encontrar en algún momento una señal, un letrero, algo que sugiera que ahí cerca puede haber un Museo. Por el contrario -aunque resalta-, una reja roja es lo primero que se ve. Eso sí, al pasarla, un par de esculturas gigantes y placas señalan que llegamos: ‘Museo Rozo’, la fecha de su fundación y leyendas sobre lo que se va a encontrar ahí.

En la puerta, nos espera un personaje misterioso, sacado de las montañas cafeteras del país, es el maestro Rozo, con sombrero y carriel y acabando de llegar de su finca en Santafé de Antioquia.

Rozo se siente completamente orgulloso de lo que ha logrado y nos muestra con calma cada uno de los rincones de su museo en un recorrido inicial, preguntando con frecuencia -¿si les gusta? – consciente de la respuesta positiva- porque es realmente sorprendente. Estoy seguro, que ni en las expectativas más altas, alguien podría imaginarse lo que verá ahí, hasta que se acerque.

No es un hombre fácil, pero siempre está abierto a responder con total sinceridad. Se me ocurrió preguntarle si ese era un sueño, a lo que tajante contestó, ¡no, es una realidad!, tenía la razón.

Es difícil pensar en los ángulos, las tomas, los encuadres para un programa de televisión, porque uno no quiere que se quede fuera nada, cada paso es una escultura, cada giro para la izquierda, o para la derecha, se ve una obra de arte, así que mientras decidimos, se tomó un whiskey, y recordó momentos de su vida y anécdotas que le sucedieron.

Logramos definir los espacios y el maestro Rozo decidió que lo indicado era salir con su sombrero y su carriel, porque es su esencia ¡¿cómo decirle que no?! Como posando para una foto, quiso responder, aunque se fue relajando e interactuando con sus esculturas, y con la cámara.

Tiene en su cabeza la explicación, el lugar y el año de cada una de sus obras, por supuesto que en el Museo muchas son réplicas de obras monumentales que ha hecho en su carrera, ¿cómo se iba a traer de Medellín y de México obras de más de cinco metros?, pues sí, las tiene, a escala, pero las tiene, toda una colección.

En medio de piernas gigantes, manos asombrosamente grandes y detalladas, o al lado de un sarcófago indígena, respondió todas y cada una de las preguntas, nos contó el origen y la realización de cada una de esos monumentos al arte, hasta llegar a un punto que merece detenerse.

Sobre una columna ornamentada, reposa una cajita de mármol de unos 50 centímetros, con una escultura de una bailarina encima: “Siguiendo la tradición asiática, quiero conocer el lugar donde van a reposar mis restos, así que tengo listo y exhibido mi ataúd, que mandé a hacer en mármol, y donde estarán mis cenizas, encima pondrán esta escultura de una bailarina, porque es una de las imágenes más representativas de mi obra”, explicó Rozo ante el asombro del equipo.

Afuera, en la parte trasera, lo que parece increíble: Una piscina, ¡y es de uso público!, dentro del museo y rodeado de obras de arte monumentales, un jardín espectacular, y una fuente donde viven más de 300 peces de 17 especies, sin duda un espectáculo digno de admiración.

Por su puesto que hay una pregunta obligatoria: ¿Por qué un museo en esta parte de la ciudad?, no lo sorprendió, pero le pareció obvio responder, “en este barrio me hice, y tuve que irme a Medellín, para poder encontrar oportunidades en este mundo artístico, así que considero que en este barrio debo estar, y dar a la gente de menos recursos la posibilidad de estar en un museo donde sean bienvenidos, y a los niños la oportunidad de aprender de pintura, de escultura y que sepan que aquí tienen las puertas abiertas”.

Y sí, 55 años ha dedicado a la docencia y a transmitir sus conocimientos artísticos, así que, en el Museo, donde hay piscina, también hay un taller donde los niños dibujan sus sueños, en medio de caballetes, lienzos, pinturas y esculturas, bajo la guía de un hombre que salió de Ibagué, se hizo en Medellín, se especializó en México y regresó a su ciudad para transmitir su vida, su obra y conservar su legado, donde estará presente, desde su cajita de mármol, con su bailarina encima.

La visita fue para realizar un programa de televisión, sobre el ‘Museo Rozo’, pero la magia de recorrer esos pasillos, ver esas esculturas monumentales, y encontrarse un museo en un sector popular de una ciudad, bajo la dirección de un artista de ese calibre, son suficientes motivos para escribir sobre ese diamante incrustado en el corazón de Ibagué.

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Juan Pablo Gálvez Beayne

Juan Pablo Gálvez Beayne. Comunicador Social y Periodista - Comunicador estratégico, cronista de historias culturales, presentador en Nuestra Cultura Tv. Ex El Tiempo, Ex Match Tenis, Ex El Olfato. Actualmente Jefe de Prensa de Pijao Editores.
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