Tengo la sensación de habernos convertido en un rebaño de ovejas sin pastor que le ponga orden a todo el caos que sucede a nuestro alrededor.

Las marchas que se volvieron habituales, no solo aquí sino también en el vecindario, los problemas de seguridad que se agigantan con el paso de los días, la justicia que carece a veces de sentido común, que retiene al inocente y deja libre al implicado.

Las campañas políticas que siguen conquistando votos a punta de labia y falacias difíciles de creer, muchos de ellos apoyados por la misma maquinaria que nos ha oprimido desde épocas remotas.

Las discusiones y faltas de respeto que se volvieron la comidilla diaria entre esos personajes que dirigen el país y que se supone que deben dar ejemplo.

Las noticias mentirosas que promueven los medios para mantenernos embalsamados con notas amarillistas, con el único fin de ocultarnos lo que está pasando en realidad.

Los comerciales publicitarios que nos invitan a consumir productos que supuestamente nos van a mejorar la vida y en el fondo son solo venenos que poco a poco deterioran nuestra salud y la de los niños que son en últimas los más vulnerables, dan muestra de ello.

No sé a ustedes, pero a mí me da pena ajena. Este barco se quedó sin capitán hace rato y vivimos a merced de unos pocos, de las decisiones que tomen a puerta cerrada sin tomarnos en cuenta.

Prometiéndonos un mundo mejor, donde la paz es un negocio del que se benefician los que se ufanan de correctos y honorables. ¿Quién le pone orden a esto? Se supone que vivimos en un país democrático.

Entonces ¿Por qué no nos toman en cuenta? Nos tratan como ratones de laboratorio a los que condicionan de manera premeditada a tomar la dirección que a ellos más les conviene y si alguien se atreve a denunciar y lucha por quitarle la venda de los ojos a los que se dejan manipular, no tiene derecho a protestar.

La muerte termina siendo su juez y el silencio su derrotero. Creo que si nos gobernaran hombres menos corruptos y con ganas de favorecer al pueblo no estaríamos como estamos ahora. Sin Ley y sin rumbo, esperando a que suceda un milagro que organice de una vez por todas este vergonzoso desorden.

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